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1

No, no soy el pibe de los mandados. Tampoco soy, ni ahí, el delivery boy de McDonald’s. (¿Viste que en McDonald’s todo parece peor? ¿Desde la cajera y su sonrisa de salario mínimo hasta la familia treinta-y-pico con hijos, pasando por la cajita feliz? Un día de estos estaría bueno asaltar un McDonald’s. Le voy a decir al Seba a ver qué le parece.) Bueno, no. No soy el delivery boy. Lo que pasa es que esta noche hay golpe y tengo que salir. Salir a comprar. Es así: primero paso por lo del padre del Tano (un fenómeno el veterano, uno de los Superhéroes del barrio, que en los años 40 se vino de Italia y nunca aprendió a hablar español, pero sí supo calzar a medio Montevideo y ahora apenas vive con su oficio en decadencia) y le pido un poco de pegamento para el Chole. Después voy a lo del Píldora y compro dos gramos para mí. Vamos a hablar del partido, de Francescoli, de Argentina, de Maradona. No más de dos minutos en cada lugar. Agarro las cosas y las llevo a la pensión de la abuela del Pato.

Ahí me va a estar esperando el Chole tirado en la cama, haciendo zapping, como siempre. Desde que le pusieron el cable está en esa: fashion network para verles las tetas a las minas, MTV, sobre todo para ver Headbangers y algún video de Aerosmith, ESPN y pará de contar. Es rarísimo el Chole: se recuelga si en la ESPN pasan golf, y se aburre si justo están pasando la NBA o fútbol americano. El hockey, eso sí, no se lo pierde. De MTV odia a Beavis and Butthead y dice que no entiende Oddities. Quiere matar al puto de Real World, que creo que ya está muerto. Le doy el cemento al Chole, me armo un par de líneas y enseguida llega el Seba. Es así: siempre tengo todo previsto.

Lo único que no sé cómo va a ser es el asalto: el Seba prepara todo y solo él sabe dónde, a qué hora, a quién y cómo. Nos llama la noche antes de los golpes, nos avisa «mañana a las seis paso por ahí» y a las seis llega reduro. Al otro día reduce con el Paco, en el boliche, y reparte. Siempre es igual.

2

Ahí estoy yo entrando a la zapatería. Ahí estoy recitando mi parte de la historia. El lugar: ustedes lo conocen. Cualquier zapatería de barrio. Olor a pomada y a cemento. Zapatos viejos, casi todos marrones. Algún Incalcuer de los años 60, de esos que usábamos para ir a la escuela y nos duraban todo el año, por más pelotas que pateáramos y chuecos que fuéramos. Hay un champión Pampero sin pareja, que en la fábrica era blanco pero acá está gris, lleno de polvo. Hay un muñeco del Topo Giggio, una figurita del Mercenario Joe, un banderín de Peñarol y otro de Sportivo Italiano de antes de la fusión con El Tanque. Calculá, debe tener más años que yo ese banderín. En la pared, como si fuera un taller mecánico, canta los días el almanaque con una mina con unos pechos enormes. «Glasurit —dice la ins-

cripción— los más grandes del mundo.»

Saludo futbolero, el tema de la semana.

—Y, Giuseppe, ¿ganamos el domingo? —pregunto, previsible.

—Si juega el Enzo ganamos. Si no, nos pasan por arriba —previsible, contesta.

—Siempre defendiendo a los italianos usted, ¿eh? ¿A quién le ganó Francescoli? Ese juega bien solo cuando juega en River… Y jugando en River, si el partido es importante, igual se caga… ¿Qué hizo en la final con el Juventus? ¡Se borró, Giuseppe, se borró! ¿Cuándo jugó bien contra Boca? ¡Nunca!

—Es un fenómeno… Un maestro es… Lo que pasa que nosotros no le damos bola a lo que tenemos… Si fuera argentino más propaganda que Maradona tendría… No sería Príncipe… sería Rey, nene.

—No me hable mal de Maradona que por lo menos ganó un mundial él solo… Y además, si el Napoli alguna vez salió campeón de algo fue gracias a él… No me ensucie al Diego. —Me puse a cantar bajito y dale alegría alegría a mi corazón mirando al cielo, a la tribuna imaginaria que alentaba—: Maradó, Maradó.

—Dejame de joder con ese drogadicto… Nunca me voy a olvidar de cómo se cagó con Gentile en el mundial… —El Tano, hincha del Milan, no soportaba que le hablaran bien de Maradona.

—Bueno, Giuseppe, estoy medio apurado… ¿Tiene aquello?

—Tomá… Y dale suave, ¿eh?

—Si no es para mí, Giuseppe… Es para el Chole.

—Ese es un animal…

—Sí, está rezarpado… Bueno, después arreglo con su hijo, ¿eh? Gracias.

¿Qué me iba a cobrar el Tano por un poco de pegamento? Una birra, alguna pizza. Algo de lo que robáramos.



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