La China es una mujer cubana, aunque ella es también cualquier mujer latinoamericana inmigrante en Miami. Como todas, la China sueña con la esperanza de una vida más próspera; una vida en la que algún sueño, que por lo general es el sueño de otro o de otros, sea posible. Pero la mala suerte acecha siempre, y la China lo sabe, y es vulnerable a sufrirla. La mala suerte con rostro de divorcio, de soledad, de muerte. La China madre, la China esposa, la China hija, la China amiga, tratará de luchar como lo ha hecho siempre, como si cada lucha fuese la última. El lector se encontrará ante la exquisita pluma de una joven escritora que ha conseguido, como muy pocos autores cubanos residentes en Estados Unidos, retratar con vividez y fuerza la historia de muchas mujeres miamenses.“Mala suerte de mi vida”Página 1 Desde lo más profundo de su memoria, le llegó el recuerdo de aquella colonia impetuosa de nombre afrancesado que Migue solía guardar en su mesita de noche junto a los pañuelos de bolsillo. La fragancia, la levedad de la tela y el calor de la vieja plancha General Electric que ponía a trabajar los domingos por la tarde, se fueron volviendo parte del sopor que la aprisionaba. Observaba ahora cómo sus dedos se estiraban, abrían la gaveta y ponían los pañuelos doblados en el fondo, con parsimo- nia, cuando sintió una sensación, un ardor, como si algo la hubiera pinchado, en alguna parte indeterminada de su cuerpo.Despertó así, sobresaltada, hincada por la incertidumbre y se pasó la mano por los ojos para despejar el sueño forzado, cortesía del cóctel de pastillas de diazepam que tomó la noche anterior.Un abre y cierra de puertas procedentes del armario la fue sacando del estupor, y sobreponiéndose a la somnolencia, se incorporó abriendo los ojos. La cabeza blanquecina de Migue, con un redondel liso en el centro que la miraba como ojo de cíclope, se inclinaba sobre el suelo a los pies de la cama, y la China la miraba con sorpresa, sin poder precisar en qué momento su marido se había quedado calvo. De espaldas a ella, con el armario abierto de par en par, Migue recogía papeles y zapatos y los iba echando sin orden alguno dentro de una maleta que alguna vez fuera negra, ahora gris y empolvada. Sobre la cama, amontonadas sobre las sábanas destendidas que aún la cubrían, una mar de camisas, pantalones, cintos, y una docena de pomos de perfumes y cremas de afeitar a medio usar, se agolpaba con indiferencia. La China repasó lentamente los confines del cuarto encrespado por el desorden, y sintiéndose claustrofóbica, presa en su propia inmovilidad, abrió la boca y tragó con aprehensión una bocanada del aire acondicionado que salía por la boquilla del techo.– ¿Qué pasa Migue? – tosió, casi ahogada, la pregunta.Migue, que no se había percatado de ella, despierta, clavándole los ojos saltones en su cabeza casi calva, se volvió sorprendido y ahora la miraba extenuado, con una expresión insondable y un cansancio de siglos, sus propios ojos comprimidos por unos círculos negros que parecían enmarcar el cristal de sus espejuelos. No era solo la calvicie; mientras ella dormía, Migue se le había convertido en el viejo que iba a ser por el resto de sus días, la desgastada versión de un hombre que por muchos años la hizo feliz.– ¿Qué pasa Migue? –preguntó mientras empezaba a tomar conciencia de su voz, sin poder recordar si ya había formulado la pregunta. “Última vez que me tomo un diazepam”, pensó, tratando de espantar aquel atolondramiento causado por el fármaco. “Cada día me hacen más daño.” Y se volvió para mirar a Migue, esperando una respuesta.– ¿Que qué pasa? Que me voy, China. Que no aguanto más. Y no me mires así, no te hagas la inocente que me molesta cuando pones esa cara. Tú bien sabes que lo nuestro no aguanta más.– ¿De qué tú hablas Migue? Cara de sueño es lo que tengo. Dormí muy mal anoche. ¿Qué te vas? ¿Pa Cuba?– Mira China –ahora era Migue el que tenía los ojos desorbitados, con unas venas rojas surcando las pupilas, envenenadas de una rabia inusual– Me voy pa... Me voy de aquí. Me estoy yendo hace un mes pero tú ni te hasdado cuenta. O te ha importado poco porque no has dicho ni una palabra. Ya no puedo más con esta vida. Tú y yo ya no somos nada. Desde hace mucho China, desde antes de lo de Luisito. Si no me fui antes fue porque... porque... qué sé yo por qué... porque me da lástima dejarte sola, porque tú no tienes a nadie en este país. Pero ya no puedo más. Me voy. En la gaveta de arriba tienes el dinero del alquiler y un extra para el mes. Luego ya veré cómo hago para dejarte más.La China trató de incorporarse pero le faltaron las fuerzas y la cabeza le dio vueltas como si se hubiera montado en un tiovivo. Migue había hablado más en dos minutos que en los últimos cinco años y esa elocuencia, mezclada con el aroma del recuerdo, le provocaron una revoltura que le nació en la boca del estómago y se extendió deprisa por todo su cuerpo. Por mucho tiempo, Migue, sin importar la pregunta, contestaba con monosílabos, frases cortas cuando más. Y aquí estaba ahora, delante de ella, vomitando un discurso memori- zado sabía Dios desde cuándo, un discurso de despedida, de final, de adiós. La aturdió ese Migue de tantas palabras. O quizás eran las palabras en sí, zumbando en su cabeza, erráticas, aguijoneándole el tímpano con agudeza de avispa. Pensó ir hasta él, pero Migue estaba tan cerca y tan lejos... el mínimo espacio que los separaba era infranqueable. Y no se levantó de la cama, no se movió, no hizo nada.– Migue... –alcanzó a decirle. Pero ya él había tirado todo dentro de la maleta, y atravesaba el umbral del cuarto, dejando en el aire una nube de fragancia olvidada y el vago olor de su cuerpo en las sábanas sin estirar de su lado de la cama, donde durmiera la noche anterior por última vez.

Mala suerte de mi vida

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