EL MUNDO DE JOAQUÍN SABINA

 

Los poetas y los cantantes son poco partidarios de las realidades previsibles, quizás porque nada es menos previsible que la realidad. La moral del pájaro en mano , de al pan, pan, y al vino, vino, puede ser un buen medio para hacer negocios a costa de los demás, incluso un método para ahorrar en la factura de las decepciones y los fracasos, pero nunca un modo de conocer la realidad, siempre llena de matices, de arenas movedizas, de sentimientos inevitables y contradictorios, de imaginaciones y miradas inquisitivas. La obviedad es el disfraz de la mentira, la negación de las preguntas deseables. Tampoco se trata de acomodarse en la retórica de los sentimientos absurdos, tan facilona y previsible como las certezas utilitarias de los ahorradores espirituales. Los sueños líricos no deben apartarnos de la vida, sino enseñárnosla por dentro, o sea, recordarnos que, por mucho pájaro que se tenga en la mano, hay ciento volando en el aire de la realidad, nuestro aire, la dimensión flexible de las calles, con sus soles nocturnos y sus lunas color de saxofón o de mediodía. Como los poetas y los cantantes son poco partidarios de las realidades previsibles, juegan a desordenar los papeles de la representación. El poeta Gabriel Celaya, junto con Amparo Gastón, publicó un libro titulado Ciento volando (1953), con el deseo de buscar canciones en los vientos de su musa. El cantante Joaquín Sabina publica ahora otro Ciento volando, con la intención de buscar sonetos, la forma reina en las tradiciones de la poesía escrita. Aunque llegados a este punto, conviene aclarar las cosas, porque estos caminos paradójicos sirven para destacar las relaciones decisivas que siempre hubo entre la canción y la poesía, pero no valen para encauzar este prólogo. Joaquín Sabina es cantante y poeta. Por ajustar más: no un cantante metido a poeta, sino un poeta metido a cantante. Al estudiar algunas revistas literarias de los años sesenta, en su libro Literatura en Granada. (1898-1998), el profesor Andrés Soria Olmedo se encontró en Tragaluz con los versos de Joaquín Martínez Sabina, joven letraherido y «aún ignorante de que llegaría a ser un cantautor famoso». El poeta soñaba un futuro más libre con el optimismo vigoroso de las revueltas universitarias: cuando no sea el dolor sino la dicha de mirarse dos rostros dulcemente y no haya cordilleras de cemento sino la paz menuda de la higuera, cuando no tengamos que inventar esquinas donde los besos crezcan, cuando no pague impuestos ningún sueño ni haya séptimos pisos para amarse... entonces, cuando el amor tan sólo, será todo más fácil. Al lado de su guitarra, Joaquín Sabina atesoraba voluntad y lecturas de poeta en la Granada universitaria y antifranquista de los años sesenta, y con ellas se fue al exilio londinense para huir de la policía española y encontrarse con la música de Bob Dylan y de los Rolling Stones. Sus saberes literarios, sus lecturas de Quevedo o de César Vallejo, le facilitaron los recursos imprescindibles para escribir algunas de las mejores canciones de la segunda mitad del siglo XX, pero también le hicieron comprender las diferencias que hay entre un poema y una canción. En su libro Joaquín Sabina. Perdonen la tristeza, Javier Menéndez Flores recuerda la época londinense del cantante, un tiempo de supervivencia callejera, activismo político y formación artística. Al publicar el poemario Memoria del exilio (1976), en el que recoge buena parte de las canciones que formarán Inventario, su primer disco, Joaquín Sabina escribe un prólogo para dejar claras las intenciones: «No me engaño sobre estos textos, fueron escritos para ser cantados. Me temo que leídos resulten desabridos como puchero de pobre; echan de menos la voz y la guitarra. El exilio y la impotencia son culpables de que se editen en forma de libro... Creo en la canción como género impuro, de taberna, de suburbio; por eso amo el blues, los tangos, el flamenco. Mis canciones quieren ser crónicas cotidianas del exilio, del amor, de la angustia, de tanta sordidez acumulada que nos han hecho pasar por historia...».

 

                   LUIS GARCÍA MONTERO

Joaquín Sabina

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